Lo que tienes tú que yo quiero tener y no tengo

La gente siente envidia. No, ya sé que tú no, no eres de esas personas. Oír esta palabra ya nos hace sonrojar y la idea de que nos descubran en pleno acto pecaminoso nos obliga a hacer uso de la muletilla salvadora “pero de la buena ¿eh?”. Igual que cuando pedimos perdón antes de decir una barbaridad, como si esto nos autorizará a hablar sin filtros.

En mi espacio de psicoterapia escucho muchas historias. No hay dos iguales, todas tienen su particularidad. Las personas no piden terapia porque la envidia les está molestando, así directamente no. Sin embargo, nos encontramos con este sentimiento muy a menudo en el camino. ¿Hay envidia buena y envidia mala? ¿Si siento envidia buena todo está bien, pero si siento envidia mala tengo que cambiarla?

El relato de Carmen

Carmen dice ser una mujer con baja autoestima y muy insegura. Recientemente han ocurrido unos sucesos en su vida que le han desestabilizado; me cuenta disgustada que no lo entiende porque no ha pasado nada realmente relevante, más bien un cúmulo de pequeñas cosas. Carmen aún no es consciente del poder que su sentimiento de envidia está teniendo en todo su malestar. Resulta que recientemente se ha enterado de que su ex pareja lleva ya un tiempo de relación con otra mujer a la que ella conoce; al mismo tiempo su vecina y amiga le ha contado lo contenta que estaba por haber sacado plaza en unas oposiciones a las que ella también se ha presentado; y todo esto en un ambiente familiar de tensión por unas pruebas médicas a las que está sometiéndose el padre de Carmen por un problema de salud aún sin pronosticar.

Tristeza, rabia, preocupación. Con estas vivencias llega Carmen a la primera sesión de psicoterapia.  Conforme su relato se va concretando, nos vamos dando cuenta de la presencia de un sentimiento escondido entre las palabras. Los dos sucesos ocurridos recientemente han activado un proceso de comparación en Carmen del cual no sale bien parada. Junto con la comparación aparecen dos estados: la sensación de inferioridad y la rivalidad. No es solamente la idea de que ellos tengan y ella no, sino también la desvalorización de su persona por colocarse ellos en la posición de superioridad, tomando ella irremediablemente la posición inferior. Fruto de este esquema llega la envidia. Cuando permitimos que la envidia entre en el espacio de terapia, cuando Carmen se autoriza a expresarla, entonces podemos dar voz a su nudo en la garganta. Envidia por los afectos que ella no está recibiendo, envidia por el éxito que ella no está consiguiendo. Carmen entiende cuánto protagonismo tiene realmente la envidia en su historia. En un momento de esta toma de conciencia aparece la tristeza; ésta, unida a la envidia, aparece como una sensación de pérdida ¿por qué tú sí y yo no? Es como si el hecho de obtener los demás algo que ella no tiene hiciera real su carencia. Estando en un estado emocional más frágil de lo habitual, las vivencias emocionales se intensifican, provocando sufrimiento.

La envida, en sí, no es mala ni buena. Es maladaptativa.; no permite admirar lo que el otro tiene, estropea el deseo genuino del bien ajeno y anula toda bondad en las relaciones entre las personas. El envidioso no quiere conseguir lo mismo sino que los demás pierdan el objeto de su envidia; algo así como “Ojalá te vaya muy mal”. El lugar que este sentimiento pasional ocupa en la narrativa de Carmen debe transformarse.

Desactivar la envidia

Transformar la envidia significa dar estrategias alternativas en la manera de vivenciar lo que sucede. En terapia podemos trabajar algunas cuestiones importantes.

  1. Cultivar la alegría por el bien ajeno: se trata de dejar de ver a los demás como rivales, como seres superiores o inferiores, como ganadores o perdedores.  Se trata de romper con esta visión bien-mal de mí, de los demás, del mundo. Cultivar la bondad, la gratitud sirven para una mejor convivencia con los que me rodean.
  2. Evitar la comparación: sabiendo que la comparación, a menudo, resulta desfavorable, conviene aprender a abandonar esta atención obsesiva hacía el otro. Mi punto de partida soy yo, y mi mirada hacía el otro se convierte, si eso, en admiración,
  3. Reparar la mirada interna: la autoestima queda lastimada con las comparaciones envidiosas; la percepción interna de inferioridad mina a la persona. Se trata pues de restaurar la mirada interna, centrarme en amar, aceptar y agradecer lo que soy realmente, no lo que quisiera ser idealmente.  

Si alguna vez te permites reconocer tu envidia, transfórmala a través de estas tres pautas.

Si te ha gustado este artículo, te recomiendo el libro en el que me he inspirado. Se trata de Psicología de los siete pecados capitales, del autor Manuel Villegas.

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Imagen: «La envidia. Lectura en el Parque», de Ignacio Díaz Olano.

Soledad ¿me acompañas?

Hoy te propongo una experiencia sensorial: un post musicalizado. Para ello, te propongo la canción Ma solitude de George Moustaki.  No necesitas ver el vídeo ni entender la letra de momento, solo ponerte la melodía de fondo. Cuando estés preparado o preparada, dale al play y empieza a leer pausadamente lo que a continuación te quiero contar. 

SOLEDAD

Querida mía. Vienes a visitarme, más a menudo últimamente ¿quién te ha invitado? Yo no.  Pero encontraste mi puerta abierta, y pensaste que mi compañía siempre es un buen consuelo.  Una vez más, haces de las tuyas, y te encuentro ocupando la otra mitad de mi sofá.  Hoy estoy celebrando una gran noticia que tengo preparada. Hoy he decidido verte con otros ojos.

Te he evitado toda mi vida, porque me asustabas. Hueles el miedo de las personas ¿verdad? Siempre he creído que, si te invitaba a tomar el té, te quedarías a cenar ¿Quién querría darte pie a intimar? Yo no. O esa era mi creencia. Recuerdo una temporada, a principios de los setenta, en la que yo lo estaba pasando francamente mal. Pérdidas varias, una depresión y meses de lenta y cansada recuperación. Viniste todos y cada uno de los 260 días que duró mi mal trago. Es posible que tu intención fuera buena, no lo dudo, pero me pareciste un ogro. A tu lado sentía vacío, desasosiego, rabia, y a veces furtivas ideas de irme sin despedirme. No lo sabes, pero no eres la invitada más apreciada. Entiéndelo, tienes una parte mezquina porque apareces justo cuando la vida se pone cruel. Mis amigas también te conocen bien, algunas te miran con sospecha, otras se lo toman con filosofía. Yo no he podido ni mirarte a la cara.

Sin embargo, hoy a mis noventa y dos años, por fin comprendo cuál es tu misión y puedo mirarte con compasión. No tengo nada que temer, y menos de mí. Porque lo comprendo todo, tú me devuelves todo lo que yo soy, todo lo que me vivo y me siento. Desde hace ya unos cuantos años mi vida ha cambiado, de eso ya me doy cuenta. He luchado para seguir el ritmo, he sudado para no perder mis habilidades, me he empeñado en no envejecer. Contra este mal no estoy curado. Pero después de noventa años te he aceptado, a ti SOLEDAD. Toda una vida. El truco era sencillo, pero nadie me lo había enseñado. Y yo andaba tan ocupada en no sufrir, que ni te hacía el caso que merecías. Ahora tu presencia me da paz. No temo estar contigo. Ahora cuando te percibo eres bienvenida ¿quieres un té? Puedes venir a contarme lo que te plazca, no pestañearé ante tus juicios o tus amenazas. Me hace bien soportarte, me recuerdas quién soy y qué hago aquí. Y me ayuda a prepararme. Prepararme para mi última despedida.

Gracias por haber venido, querida mía.

Ahora escucha la canción otra vez. Esta vez con la letra traducida.

No te la juegues

Sería ¡un disparate! que volvieran a nuestras pantallas anuncios como el del vino quinado para abrir el apetito o el de cigarrillos y puros. Sonaría a provocación, para personas cómo tú y como yo, concienciadas y sensibilizadas en cuestiones de salud. Y mientras, el mercado de consumo, incesante y frenético, ofrece nuevos productos. Escape Room, tapersex, hamburguesas de Wagyu, depilación láser, Tinder, pulsera de actividad física, smoothies, patinetes eléctricos… ¿quién no ha consumido alguno de estos productos en los últimos tiempos? Sigilosas y perversas, nuevas necesidades creadas para sedientos consumidores se van añadiendo a la lista de la compra, junto con otros productos igualmente apetecibles y accesibles como los juegos de azar, las apuestas deportivas, el Fornite

La cifra de incondicionales sube

Desde hace un tiempo vamos viendo el potencial peligro de estas actividades. En efecto, los datos muestran que cada vez más personas, y a edades muy tempranas, abusan e incluso se enganchan hasta tal punto de desarrollar un proceso adictivo. La Organización de Consumidores y Usuarios arroja datos recientes alarmantes: el número de jóvenes adictos al juego en tratamiento se ha cuadruplicado en pocos años y el 6% de los alumnos de ESO ha apostado alguna vez. Una encuesta realizada en 2015 por la Dirección General de Ordenación del Juego, un organismo encargado del control del juego online, concluyó que el 44 % de las personas que se iniciaron en el juego con menos de 18 años desarrollaron juego patológico. Internet en el móvil ha abierto un mundo de posibilidades en las relaciones y en las comunicaciones, pero también ha permitido que muchísimas personas, menores incluidos, tengan acceso al consumo de todo tipo de productos, algunos de ellos con un componente de riesgo. La pornografía, el póker, el bingo, los juegos de casino, y las apuestas deportivas están encontrando cada vez más adeptos y se prevé un aumento de consumo abusivo. Sin supervisión ni límites, la probabilidad de que dichas conductas tengan un fuerte impacto en la funcionalidad de un chico o de una chica más joven es muy alta.

La delgada línea entre uso, abuso y adicción

El alcohol, los videojuegos, el sexo, la lotería, las compras, el móvil, los juegos y las apuestas no son en sí perjudiciales si hacemos un uso adecuado. Pero ¿qué es un uso adecuado? El uso adecuado se da si ese consumo no trae complicaciones o problemas, ni a ti ni a tu entorno. En el caso de Internet, de redes sociales, del móvil… tenemos que reconocer que hacemos un uso continuado, a veces exagerado, y que muchas veces nos distrae del contacto tú a tú y de nuestras responsabilidades ¿no? Cuántas horas pasamos con las pantallas. Abusamos. El siguiente nivel, el paso del abuso a la adicción, es difuso, y está relacionado con diversas variables.

No es ficción, es realidad

Y de repente pasa lo que Darío llevaba esperando que pasara desde el inicio ¡Gana! Como rara vez se gana en la primera jugada, piensa “ya sabía yo que esta vez me iba a tocar, si no hubiera ganado, no habría seguido”. Esto es lo que Darío cree. La primera vez que sales ganando te conquista, y es este primer premio el eslabón tras el cual puede desencadenarse una secuencia infernal. Es posible que con esta ganancia Darío recupere lo invertido, pero tampoco es que haya sacado mucho beneficio; son los ingredientes perfectos para animarle a seguir. Lo que pasa a continuación tiene dos alternativas que llevan al mismo camino: ganar le daría confianza para seguir jugando y perder le obligaría a seguir jugando para recuperar lo perdido y no sentirse engañado. Los días pasan y su afán de superación crece. Llega un día, no muy lejano, en que la mitad del sueldo de Darío ha desaparecido, así en cuestión de clicks de apuestas y juegos. Nunca imaginó que euro a euro llegaría a gastar cientos de ellos.  No quiere admitirlo, de hecho, ni lo ve como un problema, pues piensa que lo puede controlar. Su objetivo es evitar que su entorno próximo se entere. Prepara una buena estrategia para que no haya ninguna consecuencia: pide dinero a su mejor amigo, adelanta su sueldo o, en el peor de los casos, toma prestado sin previo consentimiento. Va a por todas ¡juegas más y más!

A NIVEL COGNITIVO, vamos a ponernos en la mente del jugador y analizar qué está pasando. Se han estado elaborando unos pensamientos mágicos que guían la conducta de Darío. A algunos de estos pensamientos se les llama sesgos cognitivos porque la mente comete un error a la hora de analizar la realidad. En el caso de Darío, empieza a comportarse como si pudiera tener control sobre los sucesos aleatorios (la ilusión de control). Confunde azar con suerte y con habilidad, piensa que ganar o perder depende en gran medida de la buena estrategia que use. Esto ocurre por ejemplo cuando tienes más confianza en que vas a ganar si puedes elegir el número de la lotería. Otro error que pudiera estar cometiendo la mente de Darío es darle más importancia a cuando gana que a cuando pierde (sesgo confirmatorio). Lo mismo sucede con el horóscopo: si me cuadra lo que predice le daré valor, si no me cuadra ni lo contaré ni lo tendré en cuenta. “Sabía que esta vez iba a ganar”, piensa Darío; es lo que pasa cuando ya conoce el resultado y dice que sabía lo que iba a pasar (sesgo retrospectivo).

Lo que desde luego parece común a todas las personas que están metidas en el bucle adictivo del juego patológico es la obsesión por recuperar el dinero perdido y la creencia de que una vez que eso ocurra dejarán de jugar. Y sin embargo sabemos que la última siempre es la penúltima.

A NIVEL EMOCIONAL, cuerpo y mente piden a través del Síndrome de Abstinencia su dosis; y lo harán de muchas maneras. A través de mensajes atosigadores :“Lo necesito”, “No puedo soportar esta ansiedad”, “Me sentiré mejor después”, “Es la última y después lo dejo”. A través de síntomas como nerviosismo, inquietud, dolores varios; a través de mandarme sentimientos de vacío, de que “algo me falta”, de que soy más feliz cuando lo hago.

A NIVEL CONDUCTUAL, la persona hará lo que sea para aliviar las ganas de jugar; será capaz de mentir, aislarse, faltar a su trabajo y a sus obligaciones, o dejar de implicarse en actividades de ocio.

¿Esto le puede pasar a cualquiera?

Evidentemente no todo aquél que juega o apuesta necesitará ayuda para salir de un bucle adictivo. Existen diferentes teorías que tratan de comprender por qué una persona se hace adicta y otra no. Algunas de estas teorías encuentran en los rasgos de personalidad una hipótesis explicativa. Existen personas con un déficit en el control de impulsos, para quienes jugar de forma controlada, en cuanto a gasto y tiempo, no es posible. Por otro lado, están las personas con un gran afán de búsqueda de sensaciones , que necesitan siempre más y más para conseguir la misma sensación. También hay personas a quienes la dopamina, sustancia del placer, que segrega su cerebro al llevar a cabo la conducta, les genera una gran necesidad de repetir; para ellas, el juego se convierte en una adicción comportamental . Y también encontramos personas con un rasgo de personalidad dependiente que presentan mayor vulnerabilidad a caer en un proceso adictivo.

En todos los casos, quienes caen en una ludopatía comparten con otros jugadores la razón por lo que empezaron: diversión, entretenimiento, porque está de moda, la curiosidad, por casualidad, porque sus amigos lo hacen. Parece inocente, al principio. Es divertido, al principio.

Nuevas modalidades

Se ha demostrado que el juego y las apuestas online crean más adicción que el mismo tipo de conductas en su modalidad presencial. Esto se debe a que online todo es más inmediato y accesible. La velocidad a la que se realizan las jugadas, la recompensa que se obtiene es mucho más elevada. Por otra parte, ya no es necesario buscar el momento y una excusa para ir a un salón de juegos: la sala está en tu pantalla, lo tienes a mano a cualquier hora. También el hecho de no pagar con dinero en efectivo hace que se pierda la noción de lo invertido. Además, lo que se realiza online parece que tiene menos consecuencias o ninguna consecuencia en la vida real. Y hay que tener también en cuenta el hecho del anonimato.

¿Es posible el juego seguro y responsable?

Sí, es posible. De hecho, a ti que juegas a la lotería o echas una quiniela de vez en cuando aún no te ha atrapado la adicción. Sin embargo, pienso que debemos tener muchísimo cuidado con el consumo de ciertos productos por parte de chicos y chicas más jóvenes; es muy fácil caer.

Yo, ante la duda, prefiero no jugármela.

 

 


Si quieres saber cuál es el método para abordar un proceso adictivo, puedes visitar mi post titulado La rueda del cambio.

Ese invisible objeto punzante disfrazado de emoción

Te disfrazas de rabia, tristeza o ansiedad. Pasas largos ratos a mi lado, tan insistente como impertinente. Tras tus huellas van conflictos, lágrimas y alguna que otra pataleta. Ocupas y preocupas. Tienes poder, mucho poder en mi mundo emocional. Puedo bailar contigo, si te reconozco; pero me haces perder el equilibrio si vas demasiado lejos en tu manipulación. Eres quejica pero dicen que eres necesaria, para aprender y para templar el carácter.

¡Así eres tú, frustración!

¿Recuerdas al pequeño Pepe caprichoso que deja de respirar cada vez que se frustra en el cómic Astérix en Hispania? Es una buena visualización de lo que quiero hablarte en este post.

Este estado emocional complejo es uno de los actores principales de muchas historias de decepciones y malestares, una razón frecuente para acudir a una consulta de psicoterapia.  Hoy, si te apetece, me puedes acompañar para comprender mejor de qué va este objeto punzante llamado frustración.

LAS DIFERENTES CARAS DE LA MISMA EMOCIÓN

Escena 1: La expectativa que no se cumple

A un día de mudarte a tu nuevo piso de alquiler, te enteras que los propietarios han encontrado compradores y te dejan en la estacada. Te ves con tus cajas en la calle; sabes que eso no va a ocurrir porque ahí está tu hermana, a quien llamas enseguida. Cuál es tu sorpresa cuando escuchas un “esta vez lo siento, no te puedo ayudar”. Parece ser que está muy liada con su nuevo curro, que necesita paz en su casa y que además no tiene sitio para alojarte. Te quedas sin palabras.

Escena 2: El objetivo no realista

Quieres presentarte a un puesto de trabajo y necesitas un título de inglés. Hace tiempo que no lo hablas y más aún que no lo estudias, pero aún así decides ir a por todas y te apuntas al nivel más alto. A un mes del examen, te bajas un programa de idiomas y empiezas a hacer ejercicios. Tus series favoritas a partir de ahora la ves en versión original y quizás te regalas un fin de semana en Londres. A los dos meses de hacer la prueba recibes la nota: suspenso. Te quedas sin palabras

Escena 3: Yo  lo hubiera hecho diferente

Una amiga te invita a ir al cine y te apetece mucho un rato para ti. Tu marido trabaja de tardes esta semana, pero tus padres se ofrecen para estar con tu peque. Aceptas la ayuda y disfrutas la película. Cuando vas a recoger al peque, les preguntas qué tal ha ido la tarde y te enteras de que han hecho todo lo contrario a tus rutinas e incluso han obviado alguna de tus pautas. Te quedas sin palabras.

Escena 4: No puede ser

Todo estaba preparado para ir a correr la San Silvestre. Es una carrera que llevas años marcando en tu agenda, le tienes cariño. Un día de diciembre, entrenando, resbalas sobre el suelo mojado y te haces un esguince. El médico te aconseja reposo y dejar para el año que viene la carrera. Te quedas sin palabras.

 

 

Algo se ha truncado en todas estas historias. La frustración te ha secuestrado. Conviene rascar un poquito ¿qué hay detrás, o sea, cuál es el motivo real por el cual ha entrado esta figura emocional a escena? A menudo, el motivo se encuentra en tus creencias o esquemas de cómo deberían de suceder las cosas, de cómo deberían ser o actuar las personas, o sobre el modo en que debería tratarte la vida. Cuando lo que tenías pensado no su cumple, se produce un desajuste en tu mente.

DOS POSIBLES CAMINOS A TOMAR

¿Crees que tu hermana debería haberte prestado ayuda? ¿Creías que iba a estar chupado sacarte el título de inglés? ¿Pretendías que tus padres no actuarán según sus creencias? ¿Te parece que no te tenía que haber tocado a ti hacerte un esguince antes de tu carrera favorita? Ni podemos cambiar la situación, ni controlar a las personas. Es lo que hay.

Pasos previos a la regulación emocional

Ya que la situación es la que es, vamos a ver unos pasos para llevarnos mejor con nuestra querida amiga la frustración. Primero, detecto mi emoción y la nombro: eres frustración y acabas de invadirme. Segundo, averiguo el motivo real que me ha llevado a esta emoción: ha aparecido frustración porque se me ha descolocado un esquema mental. Tercero, me pregunto qué quiero hacer con esta emoción molesta, decido el camino a tomar.

Regulación emocional

  • El camino que fluye: decido no hacer absolutamente nada; lo dejo estar, no pretendo cambiar nada ni a nadie, mantengo una actitud de espectador, apenas lo comento con nadie pues no necesito consejos. Centro toda mi energía en ACEPTAR lo que hay. Desdramatizo y le quito hiero al asunto. Me doy cuenta de que efectivamente no ha sucedido lo que creía que iba a suceder ¿acaso voy a perder el equilibrio por ello? Pienso que aún con frustración puedo estar lo suficientemente bien.
  • El camino que flexibiliza: me apetece suavizar mi frustración. Una opción es darle un giro al esquema mental que se ha visto descolocado por la situación. Las ideas que tengo sobre cómo deben de ser las cosas, sobre cómo deben actuar los demás, sobre cómo me debe tratar la vida son solo eso, ideas. Algunas son mías pero otras muchas las he heredado, me las han inculcado, me las he apropiado sin darme cuenta, en diferentes momentos de mi vida y por distintas personas (sociedad, escuela, familia, amistades, pareja, etc.). En todo caso, puedo eliminarlas, o CAMBIAR y hacerlas más flexibles, eso sí está en mis manos. Prueba algo así como “normalmente creo que lo mejor es que las cosas sean así, pero en esta ocasión puedo tolerar que sea un poco diferente”. De esta forma, entenderás que tu hermana no te haya ayudado esta vez, corregirás tu creencia de que con poco esfuerzo todo te sale bien, permitirás que quién cuide de tu peque pueda hacerlo a su manera, pensarás que no poder correr la San Silvestre este año no es un drama. NADA es tan importante mientras tú seas quién decida qué importancia tiene para tu bienestar psicológico. Estoy segura que de podrías ser flexible en muchísimas cosas que, a priori, eran impensables mover.

Estas pinceladas sobre la regulación de la frustración en situaciones del día a día pueden darte pistas. Prueba a ver ¡suerte!

La rueda del cambio

¿Qué nos hace falta para cambiar una conducta indeseable o perjudicial? ¿Cómo se explica que este cambio se mantenga o no? Esto es lo que se propusieron averiguar en 1984 James Prochaska y Carlo DiClemente. De su investigación nació el Modelo Transteórico del Cambio, herramienta útil y eficaz para la psicoterapia. Inicialmente fue ideado para tratar la adicción al tabaco; hoy en día se aplica tanto para abandonar  una conducta adictiva, a sustancia o comportamental, como para cambiar cualquier otro hábito considerado poco saludable.

Este modelo se basa en la hipótesis, hoy en día más que validada, de que una persona a la hora de cambiar una conducta pasa por una serie de fases que tienen que ver con cuánto está preparada para llevar a cabo el cambio. Son 5 fases y un desenlace que puede ser haberlo conseguido y mantenerse, o tener una recaída. Estas fases siguen una espiral y según en cuál se encuentre la persona, los objetivos para ayudarle a cambiar serán unos u otros, y las probabilidades de lograr el cambio serán gradualmente mayores.

Fases del proceso de cambio

 

Fase de precontemplación

En esta fase no entiendo por qué debería cambiar, considero que mi conducta no es un problema. Bien porque no conozco las consecuencias de lo que hago o bien porque no me conviene darme cuenta. Cuando mis allegados o algún profesional  me advierten del peligro de seguir así, hago como que no va conmigo o lo niego.

Objetivos para avanzar hacia la siguiente fase: considerar tu conciencia de conducta como un problema y obtener motivación para el cambio.

Fase de contemplación

Ahora la cosa ha cambiado y reconoces que no te sientes bien con tu conducta. Percibes las desventajas e incluso los peligros de mantenerla, sin embargo aún te pesan las ventajas. Lo que predomina en esta fase es la ambivalencia. Puede que no te sientas capaz de cambiar o no sepas cómo hacerlo.

Objetivos para avanzar hacia la siguiente fase: ayudarte a aclarar el balance de pros y contras, pasar de la ambivalencia a la decisión, y mantener la motivación para el cambio.

Fase de preparación

Conseguiste aclarar tu ambivalencia y ya lo tienes claro: quieres cambiar. Hay una decisión firme y ya estás ideando planes de acciones para hacerlo real. En esta fase puede que decidas hacerlo por tu cuenta o pedir la ayuda de un profesional, sobre todo si se trata de una conducta adictiva.

Objetivos para avanzar hacia la siguiente fase: concretar qué, cómo y cuándo del cambio deseado, reforzar tu decisión y mantener la motivación para el cambio.

Fase de acción

Manos a la obra. Estás en tu mejor momento para hacer efectivo tu cambio. Después de las fases previas de reflexión y preparación, vas a desarrollar las acciones concretas.

Objetivos para avanzar hacia la siguiente fase: recordar tus motivos para el cambio, potenciar tu autoeficacia y mantener la motivación para el cambio.

Fase de mantenimiento

Llevas más de 6 meses con tu nueva conducta saludable o habiendo abandonado la conducta que te perjudica. Si te mantienes así durante más tiempo, podemos considerar que lo has conseguido ¡Enhorabuena! Aunque ten cuidado, una recaída puede ocurrir en cualquier momento, incluso después de años de haber realizado el proceso de cambio, cuando parece que “por una vez no pasa nada”.

Recaída

Desde la fase de acción o desde la fase de mantenimiento, cuando ya has dejado la conducta problema o cuando ya has incluido en tu día a día tu nuevo hábito, es posible que se produzca una recaída. En este caso, no vuelves a la fase inicial de Precontemplación sino hacía alguna otra fase. Una recaída puede significar que no se ha trabajado lo suficiente alguna de las fases para el cambio, o se ha precipitado para pasar a la acción.

A tener en cuenta

Lo novedoso con respecto a otras versiones de explicación del proceso de cambio es que la persona va avanzando a través de unas fases que van en espiral; es decir, en caso de recaída o abandono del cambio iniciado, la persona no tiene por qué retomar desde cero. Lo seguirá, si quiere retomarlo, desde alguna fase anterior, pero no desde la primera. Esto significa que la recaída no se considera un retroceso ni mucho menos un fracaso, y aunque no es deseable que ocurra, se ve como una fase más de aprendizaje hacía el cambio definitivo.  

En la aplicación de esta modelo en terapia, un error común entre los profesionales es posicionarse en una fase en la que el paciente aún no ha llegado. Por ejemplo, sí tú acudes para dejar de consumir hachís pero aún dudas si quieres o no quieres hacerlo, y yo ya estoy fijando una fecha para que lo dejes y las acciones concretas para alejarte del consumo, probablemente esté precipitándome con respecto a tu propio objetivo.

 

Accede a esta infografía interactiva para comprender bien esta propuesta y, ya sabes, la próxima vez que quieras dejarlo, sigue este modelo ¡Ánimo!

 

La familia, un sistema en constante cambio

Formas parte de un sistema llamado familia. Perteneces a este conjunto de personas que puede ser muy diverso en su composición. Algunos miembros serán más directos, como tu pareja y tus hijos-as. Otros son próximos, como tus hermanos-as, tu madre, tu padre. El resto son más indirectos, por ejemplo tus abuelos-as, cuñados-as, tíos-as, primos-as, etc. Cada uno de los integrantes de tu familia, y te incluyo a ti, interactuáis.

Pues bien, ¿qué pasa cuando alguien hace un movimiento? Los demás tienen que recolocarse, cambiar, modificarse. Veámoslo primero con un ejemplo. Imagina un puzle. Si yo quito una pieza, ¿qué tienen que hacer las demás para que siga siendo un  puzle, aunque tenga que modificarse la imagen que representa? Algunas piezas tendrán que girarse, otras recortarse, quizás haya que añadir alguna nueva, o eliminar otra. Para cuadrar con la pieza de al lado y recomponer la totalidad del puzle, o que al menos se parezca a un puzle y no a un juego de piezas sueltas, cada piececita tiene que cambiar algo.  Una familia es un puzle, dinámico y cambiante a lo largo de toda su vida.

Cuando una hija se emancipa, mamá y papá se ven ante la realidad de encontrarse como pareja de dos en casa. Cuando la abuela viuda fallece, la comida de Navidad supone un reto para la familia. Cuando el tío se divorcia, la relación con la pareja de él cambia. Cuando mamá decide delegar parte de su responsabilidad con las tareas domésticas a su pareja e hijos-as, éstos tendrán que hacer algo diferente. Cuando nace el primer bebé, la pareja de novios se convierte en pareja de padres. Si ante estas situaciones, alguien no quiere cambiar el rol o la posición que ocupaba hasta el momento, el sistema tendrá dificultad para seguir en armonía. Puede que alguien este cómodo, probablemente el que no quiera cambiar, pero los demás no.

El reto es aprender a fluir con estados continuos de cambio y de estabilidad. Crisis, cambio, estabilidad. Crisis, cambio, estabilidad. Crisis, cambio, estabilidad. Si alguien permanece quieto ante el movimiento, algo pasará. Las familias, digamos, funcionales son capaces de permitir cambios, superando crisis y reinventándose para adaptarse. Una y otra vez, permitiendo restaurar su estabilidad cada cierto tiempo y de este modo avanzar.

Un problema muy habitual, y frecuente motivo de consulta, es que uno o varios miembros del sistema se resiste, por la razón que sea, a cambiar para permitir la adaptación conjunta del sistema al que pertenece, ¿lo visualizas? Entonces es cuando interviene la figura del psicoterapeuta, quien hará de agente de cambio, guiándoles a lo largo de su proceso.