A lo largo de nuestra vida, las pérdidas que vamos a experimentar van a ser diversas. Todas ellas nos van a suponer un impacto biopsicosocial, de variable intensidad y duración. Una pérdida implica un proceso de duelo, algunos muy identificados, otros más escondidos. Debemos nombrarlos, reconocerlos, y validarlos, para que puedan existir. Ningún es más importante que otro, y sin embargo, como iremos viendo en las próximas líneas, no todos los duelos se miran por igual.
Según la psicoterapeuta Alba Payés, el duelo no es una enfermedad o una sucesión de estadios o fases que la persona atraviesa pasivamente y linealmente; es un proceso activo, dinámico y profundamente humano de adaptación ante una pérdida significativa. Transitar el duelo significa estar presente, reconocer y vivir toda la experiencia emocional, entre otra la del sufrimiento. Pasa por permitirse y que me permitan sentir el dolor físico y emocional, en lugar de juzgarlo y reprimirlo.
Todos los años tienen lugar en Pamplona, Navarra, Jornadas sobre el duelo, organizadas por la Asociación Goizargi en colaboración con el Hospital San Juan de Dios. De éstas me inspiro para escribir hoy. Gracias por su labor.
Duelo por muerte de un ser querido
Lo primero que resuena en nuestra mente cuando hablamos de duelo es la pérdida por muerte, concretamente de un ser querido. Siguiendo la línea de Alba Payás y de Robert Neimeyer, la muerte de un ser querido rompe la narrativa de nuestras vidas. No solo perdemos a la persona, sino el proyecto en común, la perspectiva de futuro, la participación en el cuidado de la familia, la seguridad, entre tantas otras conexiones. La muerte de un ser querido también trae un cambio de identidad; paso de mujer a viuda, de hijo a huérfano. Se nos pone por delante una ardua tarea, aprender a ser esta nueva figura, para nosotras y para la sociedad; a darle un nuevo sentido a nuestra existencia.
Desde la teoría del apego, John Bowlby y Colin Murray Parkes explicaron que el dolor por la muerte de un ser querido es, en esencia, la protesta biológica y emocional ante la ruptura de un vínculo de apego seguro. Cuando perdemos a alguien a quien amamos de forma profunda, nuestro sistema nervioso reacciona como si estuviera ante una amenaza extrema. La muerte de alguien cercano sacude los cimientos de nuestra seguridad básica y genera somatizaciones varias. Es un sentir muy profundo, nuestros cimientos se tambalean. Durante décadas, la psicología tradicional creía que el objetivo del duelo era desapegarse del difunto para poder seguir adelante. Hoy en día, sabemos que el duelo saludable no busca el olvido ni la ruptura del vínculo, sino que trata que redefinirlo y encontrar un nuevo sentido. Por tanto, el duelo por muerte de un ser querido no es estático, no tiene tiempos estipulados, o cuando se supone que la persona tiene que superarlo, ni es una enfermedad de la que curarse. Es importante aprender a acompañar bien a las personas en duelo y respetar sus tiempos y sus necesidades. Abro un pequeño paréntesis para recomendaros el cuento El conejo escuchó, Cori Doerrfeld (Ed. Dial Books, 2022), y sobre cómo acompañar bien, desde el respeto. Aconsejar a veces es arriesgado, si no sabemos lo que el otro necesita. Podríamos de hecho dañar si dijéramos “Ya ha pasado un tiempo, tienes que remontar”, “Tenéis que empezar a desprenderos de sus cosas”, “Tienes que pensar en los demás que siguen vivos”, etc. La ayuda profesional es, a menudo, recomendable para acompañar bien en estos procesos.
Duelo escondido o duelo desautorizado
Acabamos de comprender con unas pocas pinceladas el duelo por fallecimiento de un ser querido, en el que existe a menudo reconocimiento y acompañamiento de la expriencia por el entorno y la sociedad, quienes a menudo pueden empatizar más fácilmente por haberlo vivido en primera persona.
Por otra parte, existen estos otros duelos. Kenneth J. Doka da a conocer una variedad amplia de situaciones en las que una persona no encuentra suficiente permiso social para expresar su pérdida, recibir apoyo o vivir el duelo abiertamente. A éstos duelos se les llaman duelos desautorizados o duelos no reconocido socialmente.
Pensemos en el duelo por mascotas. Podríamos estar hablando de su muerte, de su entrega en adopción obligatoria por circunstancias, de su desaparición. Siempre y cuando se haya establecido con el animal un vínculo afectivo, estamos ante una pérdida significativa. Cuántas frases pueden invalidar este dolor; “si solo era un perro”, “ya te cogerás otro”, “por lo menos no es un ser querido” ¿Qué no es un ser querido, ese animal que me ha acompañado todos los días, que ha sido fiel, que me ha ayudado a orientarme por la calle, que me ha facilitado la relación con los demás, que me ha dado compañía sin pedirme nada a cambio? Dejemos que sea la persona afectada quien decida cómo quiere vivir su dolor y cuán importante era su mascota en su vida y en su mundo emocional.
Pensemos en el duelo por un o una amante. ¿Cómo te imaginas que se puede elaborar el duelo en secreto? ¿Quién validaría el dolor, quién acompañaría? O a lo mejor era una relación permitida pero no conocida; una nueva pareja, aún no anunciada, una segunda oportunidad con una expareja.
Pensemos en el duelo por muerte de una expareja. La relación se acabó, pero el vínculo permanece, hayas tenido contacto desde la ruptura o no. El sufrimiento por la pérdida es legítimo, pero éste podría no ser reconocido por los demás y ser negado por la propia persona. Si pensamos en los rituales de despedida y en las tareas de procesar la pérdida, en este caso podría no darse; no puedo ir al tanatorio, no puedo recordarte con amor, no puedo contar mi pena. Pero el dolor está, en ocasiones, bien presente.
Pensemos en aquellas parejas homosexuales no reconocidas como tal. Cuando la relación entre dos personas del mismo sexo no ha visto la luz, o no con todo el entorno ¿qué pasa cuando uno de los dos muere? ¿cómo hacemos visible el amor y el dolor? Perder a alguien, la relación y el proyecto con esa persona, sin tener la posibilidad de reconocer públicamente lo que se ha perdido, es una experiencia compleja de duelo desautorizado. Y podría aparecer la paradoja de que la relación ha sido real en la intimidad, pero no se ha exteriorizado.
Pensemos en la muerte de un ser querido con el que no se tiene relación; ese padre con el que ya no tengo relación, esa hermana que se fue a vivir fuera y con la que ya no hay contacto.
Pensemos en el duelo por personas cuidadoras y profesionales. Establecemos vínculos muy fuertes con las personas a quienes cuidamos y a quienes acompañamos. La muerte, desaparición, o suicidio de una o de un paciente implica una pérdida, y en ocasiones podríamos escuchar frases como “tienes que ser profesional, no te puede afectar tanto”. No podemos ser tan rígidos, esta realidad existe y vamos a autorizarla. En todas estas situaciones, la vivencia es muy personal, y las emociones, cuales quieran que sean, legítimas y válidas. Simplemente, acompañemos.
Duelo ambiguo
Según Paulina Boss, existen situaciones en las que la pérdida es ambigua, y los duelos no se pueden terminar. La experta distingue dos formas principales de pérdida que implican duelo ambiguo. La ausencia física con presencia psicológica y la presencia física con ausencia psicológica.
La primera se refiere a aquellas situaciones en las que la persona no está físicamente, pero sigue muy presente emocionalmente. Por ejemplo, un familiar desaparecido cuyo paradero se desconoce. A una persona muy presente en el día a día que se muda.
La segunda se refiere a aquellas situaciones en las que la persona está físicamente, pero ha cambiado profundamente. Estas serían las situaciones de enfermedades mentales graves, demencias avanzadas, lesiones cerebrales. Aunque la persona sigue sentada en la mesa contigo todos los días, su personalidad, sus recuerdos, la relación profunda ya no es la misma y se puede ir deteriorando incluso con el paso del tiempo. Estás con alguien que físicamente vive, pero cuyo “yo” esencial ya no está. A diferencia de otros duelos, en estas situaciones el proceso no se resuelve igual. Existe un duelo anticipado, y cuando la persona finalmente muere, la vivencia de la muerte física no sigue las pautas de un duelo común, porque el entorno ya ha vivido la pérdida de parte de esa persona.
Duelo por suicidio
Al suicidio le acompaña un estigma social. La culpa, el tabú, el silencio, la incomprensión, la cobardía o la valentía. Hay quienes se atormentan en los por qués, otros buscan justificaciones.
De acuerdo con la Asociación navarra Besarkada-Abrazo de personas afectadas por el suicidio de un ser querido, hablamos de supervivientes a las personas del entorno de la persona fallecida por suicidio. Éstas, cargan con el estigma de la culpa, y convierte el duelo en complicado con una familia en situación de riesgo.
Existen secuelas de trauma y de estigmatización social. La búsqueda incesante de respuestas, los sentimientos de culpa y de autorresponsabilidad, las emociones confusas, el estigma, el aislamiento social y el impacto traumático de los hechos provocan mucho sufrimiento añadido.
Duelo perinatal
Según la experta Ibone Olza, presidenta del Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, la muerte gestacional y neonatal siguen siendo una realidad fuertemente invisibilizada y silenciada por la sociedad. Defiende la necesidad de romper este silencio, nombrar la pérdida y reconocer que los hijos y las hijas mueren, independientemente del momento gestacional en el que ocurra. Porque el dolor de los progenitores no depende de las semanas de gestación, sino del vínculo ya creado desde antes incluso de su concepción.
“Eres joven, ya tendréis otro”, “Por lo menos no lo conociste”, “Mejor ahora que más tarde”, son algunas de las frases escuchadas habitualmente, devastadoras para las familias afectadas y desde luego, muy lejos del dolor que éstas viven por la pérdida.
En un post que escribí hace tiempo en esta misma sección llamado El dolor de lo invisible trato de explicar algunas de las claves de esta vivencia. Además de la necesidad de reconocer el sufrimiento, permitirlo y acompañarlo, importante también me parece formar al personal sanitario que acompaña; que sepamos qué aconsejar a las familias, implementar habitaciones de duelo perinatal.
Como vemos, la realidad de la pérdida es tan diversa que genera cantidad de duelos. No me caben ya en este artículo nombrar otros como el duelo migratorio (véase mi post Nunca se vuelve, se va), los duelos por pérdida de salud, duelo de ciclo vital, los duelos anticipados, entre otros.
Dicho esto, me gustaría decir que la psicoterapia acompaña y ayuda en todas y cada una de estas situaciones. No dudes en pedir ayuda, para ti, o para acompañar con amor y delicadeza, a otras personas afectadas.



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